miércoles, 23 de diciembre de 2015




ANOCHE SOÑÉ QUE ME MORÍA




"Anoche soñé que me moría.

Y era una muerte ridícula,
nada memorable,
de las que se inscriben con tiza gastada
en los muros olvidados de la historia.

(Si al menos el muro
fuera frontera de alguna cosa,
si al menos quisiera decir: ¡alto!
o, ¡adelante!
Pero el muro era una pared de margen
de "aquí acaba el camino"
o "a partir de allá otra cosa")

Soñé que me moría,
o mejor dicho, que me mataba.
Y era tan ridículo, matarse,
morirse, sin haber sido nada...
una nada siquiera tan importante
para dejar de ser algo.

Soñé que moría,
y lloraba,
como las piedras lloran
cuando el río las frota de soslayo.
Lloraba de las cosquillas que me hacía
el tiempo detenido
sobre los párpados cesados.

(Era ligera la muerte.
Pesaba lo que la cáscara de un caracol,
o todavía menos:
lo que la sombra de una uña cortada)

Y yo soñé que me moría,
y, desde fuera del calendario,
(de las tareas, de los hábitos)
desde ese morirme tan casi decidido,
soñé que miraba a la muerte convalesciente
y le lanzaba una última, levísima, sonrisa."


Por Sílvia Ardevol



                                         

martes, 10 de noviembre de 2015





          Novela de Ajedrez, Stefan Zweig



   Zweig escribió esta novela corta poco antes de sucicidarse en Brasil en 1942. Saber alzar la voz contra un régimen que todavía estaba en el poder en ese momento y sin conocer el desenlace de la Segunda Guerra Mundial se podría considerar un acto temerario. Pero para Zweig todo había perdido sentido. Como ya habia explicado en "El Mundo de Ayer"(escrito también desde el exilio y sin más documentación que la propia memoria)  todo  el sueño europeo se había desvanecido irreevocablemente. Y en "Novela de ajedrez" Zweig utiliza la metáfora del juego para denunciar sin tapujos los mecanismos que habian precipitado esta decadencia, protagonizados especialmente por el régimen nazi. Hay quien a querido ver en la confrontación de los dos jugadores una imagen de las fuerzas contrapuestas en Europa: por un lado, Czentoviv, campeón mundial de  ajedrez arrogante, analfabeto y sin ningún tipo de escrúpulo, y por otro,  el señor B., representativo de una clase social e intelectual quien, pese a conseguir ganar una primera partida, enloquece después al intentar entrar de lleno en el juego. Y es que los medios creados por el sistema nazi para anular al individuo logran incluso vencer la cordura de los seres más pensantes, desarmados finalmente ante un adversario tan corrosivamente manipulador. Hay detrás del régimen una voluntad de aniquilación del ser, de eliminar su facultad de razonar con claridad. 

   Esta intención queda denunciada y expuesta en las páginas relativas al enclaustramiento de B., en los cuatro meses que pasa encerrado, sin hacerle absolutamente NADA, sin que ocurra absolutamente NADA.  "Es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada", nos dice Zweig en boca de este mismo personaje. El vacío más absoluto: estar encerrado en una habitación, herméticamente aislada del mundo exterior. Una mesa, sí, pero una mesa que no sirve para nada cuando no se permiten tener libros ni periódicos, ni papel ni lápiz. La nada absoluta alrededor del alma y del cuerpo, sin reloj para medir el tiempo. Los sentidos despojados de estímulos, con la única compañía del propio 
pensamiento. "Pero incluso los pensamientos, por muy etéreos que parezcan, requieren un punto de apoyo, pues de lo contrario giran y giran en torno a sí mismos, en un torbellino sin sentido; tampoco ellos soportan la nada."

   De esta Nada parecerá poder librarse el personaje al vislumbrar en una de sus esperas previas al interrogatorio algo parecido a un libro en el bolsillo de una chaqueta. Las piernas le flaquean ante la posibilidad de hacerse con algo que le permita huir de su aislamiento, "palabras alineadas, renglones, páginas y hojas (...) perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos". Pero lo que podría haber sido su salvación cuando ya está a punto de capitular ante la Gestapo resulta ser su perdición. Se trata de un libro de ajedrez, y de la reproducción de partidas magistrales en la Nada de su habitación y a continuación de partidas contra sí mismo, adoptando la postura de las negras y las blancas a la vez, entrará en una vorágine que lo conducinará a su enajenación total. 

  Éste acaba siendo el gran logro de los nazis. Zweig no sabe entonces si su gran logro definitivo. El ascenso de los totalitarismos en los años 20 y 30 ya había ido desmembrando el tejido espiritual europeo, que recibía ahora su golpe de gracia con un sistema que buscaba aniquilar del todo las facultades mentales de sus ciudadanos. Para alguien como Zweig además, que no era un hombre político sino sólo un escritor, esta ruptura entre palabra y verdad, entre significantes y significados, representaba el desmoronamiento definitivo de todo en lo que había creído. 

   Estando ya en Petrópolis, poco antes de suicidarse junto con su mujer Lotte, se sabe que Zweig y ella curiosamente mataban el tiempo jugando al ajedrez. Aún tuvo tiempo de escribir esta demoledora novela corta y de dejar escrito su testamento, una nota breve que encontró la policía junto sus cuerpos muertos y abrazados:

"Antes de dejar la vida por mi propia voluntad y en pleno uso de mis facultades mentales, me urge cumplir con un último deber: agradecer 
de todo corazón a este maravilloso país que es Brasil que nos haya ofrecido a mí y a mi trabajo una tregua tan bondadosa y hospitalaria. He aprendido a querer a este país más cada día y en ningún otro lugar me hubiese gustado más reconstruir de nuevo mi vida, una vez que el mundo de mi propia lengua se ha hundido para mí, y Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma.

Pero una vez cumplidos los sesenta años haría falta una fuerza especial para empezar otra vez de nuevo. Y las mías están agotadas por los largos años de peregrinar sin patria. Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra.

Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, 
demasiado impaciente, me adelanto a ellos."


22 de febrero de 1942

Por Sílvia Ardevol

miércoles, 21 de octubre de 2015




        Yo, otro. Crónica del cambio

               Imre Kertész

  
  Parecería un diario, pero no lo es. Más bien se trata de un mosaico donde el autor recoje sus impresiones  mientras recorre distintos escenarios centroeuropeos y en los que el denominador común es la mirada de un apátrida desengañado con lo que a los colectivos se refiere, que detiene la mirada en el individuo que tiene enfrente, pero que asume que "todo entender es un malentendido". En estas arenas movedizas se mueven siempre las afirmaciones de Kertesz, hasta con sus propias percepciones: " Aquellas mañanas vienesas irrecuperables, irrepetibles, ¿las disfruto lo suficiente? ¿No soy tal vez demasiado estúpido para ser feliz?"

  Esta sinceridad proyectada también hacia lo que seria su vida ideal, teñida hasta el último rincón de desprendimiento: "Creo que siempre he querido vivir así: en un agradable piso alquilado (que no sea mío), entre muebles acogedores (que no sean míos), sin un hogar, con independencia, haciendo lo que me toca (en este caso traducir a Wittgenstein), en el extranjero, en un lugar donde me acompañan recuerdos de hechos que imagino, pero que tal vez nunca existieron..." 

  Parecería que después de haber estado en Auschwitz uno hubiera de construir su identidad invariablemente sobre ese suceso. Pero el "yo" es un proceso en contrucción marcado por tantos otros acontecimientos. "Todos preguntan sobre Auschwitz", dice, "y eso que debería hablarles de las vulgares alegrías de la escritura... comparado con ellas, Auschwitz es una extraña e inabordable trascendencia." La vida se presenta entonces como la novela de formación de la que uno es protagonista. 

  Y la felicidad una dicha para la que hace falta un talento especial. Kertesz gusta de citar a Camus, para quien la felicidad era una obligación. Pero Kertesz añade, de forma muy significativa: "¿ante quién estamos obligados, ante nosotros mismos, ante nuestros prójimos, ante Dios tal vez?"

  Estas notas reflejan no obstante, que su gran batalla campal es contra la ligereza. La enemiga verdadera de esta felicididad 
obligatoria, aunque no sepamos ante quién ni ante qué. Por eso puede definir la felicidad -la suya- de una manera tan hermosa: "la ligereza de llevar una carga (...) cuando el hecho asombroso de la existencia se filtra por un fugaz instante a través de las imágenes de la vida y el color verdadero colorea los colores."

  Su visión de la muerte también es trágica pero no en el sentido habitual. Su parte más dolorosa viene al tomar conciencia el moribundo que durante cuatro, cinco, seis, siete, hasta ocho décadas se ha estado engañando. La perplejidad invencible de esta lucidez, y que al darse uno cuenta de que su vida haya sido un error no pueda siquiera considerar la muerte como una rectificación digna de ese error. 

  De ahí su consideración de postular vivir así, de manera intempestiva y trágica, como si solo dispusieramos de "lánguidas vidas de larva"(...)  a las que solo les ha sido concedido  "un único y breve verano entre dos vidas"

Por Sílvia Ardévol

sábado, 10 de octubre de 2015




EL  CUARTO, Mark Strand

Es la historia de siempre, la manera en que ocurre
a veces en invierno, a veces no.
Quien la escucha se ha dormido,
las puertas del armario de su infelicidad se abren

y entra en su cuarto la desgracia-
muerte al amanecer, muerte al anochecer,
sus alas de madera agitan el aire,
sus sombras, la leche derramada que llora sobre el mundo.

Hay necesidad de finales sorprendentes;
el verde prado donde las vacas arden como papel impreso,
donde el granjero se sienta y mira,
donde nada, cuando ocurre, es demasiado terrible.
«Donde quiera que esté soy aquello que falta».




(The Room by Mark Strand

It is an old story, the way it happens
sometimes in winter, sometimes not.
The listener falls to sleep,
the doors to the closets of his unhappiness open

and into his room the misfortunes come --
death by daybreak, death by nightfall,
their wooden wings bruising the air,
their shadows the spilled milk the world cries over.

There is a need for surprise endings;
the green field where cows burn like newsprint,
where the farmer sits and stares,
where nothing, when it happens, is never terrible enough.)





domingo, 27 de septiembre de 2015


Woman sitting on a swing. Hagia Triada, Late New Palace period (1450-1300 B.C.),
                                              Heraklion Archaeological Museum, Crete.


 The Swing

(Se columpia sin cabeza
alguien que algun día la tuvo)

Salió del laberinto
y con gesto balanceoso
una niña antigua
desafió al Minotauro.

Sujeta en dos pilares
con brazos arcaicamente temblorosos
estira las piernas muertas
hacia el espectador futuro de la historia.

Desde el ahora
la miro atenta y aterrida
con sus dos pájaros a lado y lado
los mismos que picotearon la fruta
del árbol de la vida.

La niña de piedra
me sonríe sin cabeza
desde su instante detenido
desde su eternidad efímera
y me manda desde muy ayer
un balanceo modélico
un suspenderse en sólido
una belleza que, alargándose,
me toca, y me hiere.

Por Sílvia Ardévol





martes, 22 de septiembre de 2015



  CONFERENCIA DE CARLOS GARCÍA GUAL,
 Girona 26 de marzo 2015

         "¿Porqué leer a los clásicos?"


   Hay conferencias a las que uno asiste sabiendo la respuesta a la pregunta que plantean. Con un tema así, "¿por qué leer a los clásicos?" parece que a uno le sobren razones más bien y que nada muy nuevo pueda ser aportado. Pero no se trataba de novedades de lo que García Gual venía a hablar, si no de arrojar brillo a una cuestión mascada pero no resuelta, en una época en que la mayoría de los saberes se miden por su pretendida utilidad. 

   En una sociedad además atacada de "PRESENTISMO" dijo Gual, con su idea del mundo limitada al presente, se hace más urgente que nunca hacer del legado intelectual un hilo de Ariadna del que saber tirar para orientarse mínimamente. Los clásicos además vienen a proporcionar una visión de la humanidad individualizada que el mundo apresurado de hoy tiene a diluir en masa. 

   Se entretuvo García Gual con una descripción vívida y bella de la escena que considera la fundación del humanismo occidental: al final de la Ilíada, Príamo va a suplicarle a Aquiles que le devuelva el cadaver de su hijo. Cuando se arrodilla a sus pies e intenta besarle la mano y Aquiles no se deja, es la primera y única vez en todo el texto que Homero lo llama "el gran Príamo". La grandeza de Príamo se subralla precisamente en ese momento. Aquiles lo levanta y contempla la grandeza de su enemigo, la belleza del guerrero, y en ese momento los dos se abrazan y se echan a llorar. La belleza ganando sobre los odios y las diferencias... ¿a alguien le puede quedar alguna duda de porqué leer a los clásicos?

   Parece además que al toparse con personajes de esta envergadura, con sus pasiones, sus contradicciones, sus miserias, uno se sienta arropado por el hecho de que desde tan atrás el ser humano haya sido el mismo. Y a la vez deja de mirarse el ombligo centrado en una subjetividad mal entendida.

  Leer a los clásicos es una actividad inagotable dijo Gual y casi se podría añadir que en cada relectura algún matiz nuevo aparece que revela un pliege más de la pasta de la que está hecho el ser humano. 

   Dejó anotado Elias Canetti en sus Apuntes "Me interesan los hombres de carne y hueso y me interesan los personajes. Aborrezco los híbridos de ambos". En una época donde los híbridos abundan, que placer es dejarse recordar la gran contribución que pueden hacernos los personajes clásicos para comprender un poco más la condición humana, siempre con los ojos abiertos (y los oídos atentos) a los hombres de carne y hueso. Que, si además son sabios y humildes como Gual, escucharlos ensancha. 

Por Sílvia Ardévol

lunes, 14 de septiembre de 2015




LA VÍCTIMA, Saul Bellow




Los antihéroes de Bellow siempre resultan algo entrañables.  Como judíos americanos, no puedes evitar mientras lo lees imaginar a un Woody Allen encarnado en personaje paranoico y lúcido a la vez, capaz de autosatirizarse en cada frase. Leventhal, el protagonista de "La Víctima" encarna una vez más este perfil excéntrico e inteligente, desencantado con la vida. Pero esta vez el lector recorre su espiral de miedo y paranoia al toparse con un "gentil" con el que se supone que esta en deuda por haberle hecho perder su empleo tres años atrás. Hasta aquí el argumento. El resto es un regodeo interminable en reflexiones sagaces y divertidas, descripciones de personajes secundarios con matices agudísimos, y en general una sensación fresca, de prosa que arrastra sola, sin recovecos. 

Hay dos de estas elocubraciones antológicas en esta obra que quisiera destacar como las más brillantes. Hablando del sueño y del aburrimiento, dice Leventhal que en todas las personas había algo contra estas dos tendencias. Y de ahí tira del hilo de su pensamiento con la disertación cómica del hombre como a la carrera con un huevo sobre la cuchara: 

"Estábamos todo el tiempo cuidándonos, guardando, almacenando, vigilando por un lado y por otro, y al mismo tiempo corriendo, corriendo desesperadamente, corriendo como si estuviéramos en una carrera con un huevo sobre la cuchara. "

Hasta aquí bien, retrato histriónico del absurdo de la vida acelerada, en lucha permanente contra el tedio. Pero Leventhal prosigue:

"Y a veces estamos hartos del huevo, incapaces de aguantar más, y en tales momentos preferiríamos pasarnos al demonio o a lo que llaman el poder de las tiniblas, antes de correr con la cuchara, vigilando el huevo, temiendo por el huevo."

Aquí el absurdo de nuestro paseo por la vida, "temiendo por el huevo" ya adopta tintes tragicocómicos. Y aún hay más: 

"El hombre es débil y frágil, necesita determinadas cantidades de todo: agua, aire, alimentos; no puede comer ramas y piedras; tiene que evitar que se le rompan los huesos y perder toda su grasa. Esto y aquello. Acumula azúcar y patatas, escobde dinero en el colchón, procura no herir sus propios sentimientos siempre que puede, y se esfuerza y toma precauciones. Todo esto se podía decir, en bien del huevo. ¿Morir, entonces, es echarlo todo a perder? ¿Pudrirse? Y el juicio final, ¿mirar el huevo a trasluz?

Vidas pequeñas, apresuradas, cuya rendición de cuentas, al final de las mismas, consiste solo en mirar al trasluz un contenido insignificante, ese huevo que hemos sostenido de acá para allá, como si nos fuera todo en ello.  El propio Leventhal le parece divertido y ridículo el planteamiento: 

"(...) rió en voz baja y se frotó la mejilla. También existía la situación contraria, jugar con el huevo, arrojándolo de unas manos a otras, amenazar al huevo."

La otra gran idea que aparece en el libro y que me parece de un acierto insólito es su reflexión sobre lo que mueve al ser humano: 

"Había que brillar. Eso era lo curioso. Todo el mundo quería ser lo que era hasta el límite." 

Desde los grandes éxitos hasta los delitos o los vicios, todo acaba siemdo el resultado de querer llevar hasta el límite lo que uno es. O lo que uno cree ser. Es posible que nos equivoquemos respecto nosotros mismos y todo y con eso acabemos llevando hasta al final esta equivocación, para bien o para mal. 

De este tamaño las suelta Bellow, como quien no quiere la cosa, interrumpiéndote la caracajada con estas dosis de clarividencia. Es representativa de este stilo suyo la historia que Bellow contó en una entrevista:

" A un hombre sabio le hacen la siguiente pregunta: '¿Cuál es la diferencia entre la ignorancia y la indiferencia?' y el hombre sabio responde: 'No sé y no me importa'". 

Mejor no se puede explicar. De este tipo de sabiduria van sus libros, de las bodas entre el ingenio y la mordacidad, entre la desilusión y el vitalismo.