lunes, 7 de marzo de 2016






"Si se pudieran medir los saltos de la atención, el rendimiento de los músculos de los ojos, los movimientos pendulares del alma y todos los esfuerzos que tiene que hacer un hombre para conseguir abrir brecha a través de la afluencia de una calle, es de presumir que resultaría – él así lo había imaginado al jugar a investigar lo imposible - una dimensión frente a la cual sería ridícula la fuerza que necesita Atlante para sostener el mundo. De ahí se podría deducir qué esfuerzo tan titánico supone el de un individuo moderno que no hace nada."


                 Robert Musil, EL HOMBRE SIN ATRIBUTOS

martes, 1 de marzo de 2016





                   CLASES DE LITERATURA
              
               JULIO CORTÁZAR

               Berkeley, 1980
 
                                                                                                                                            
  ¿Qué pasaría si uno pudiera sentarse ante un profesor soñado durante trece intensas horas, a gozar de aprender? ¿Qué sucedería si, además, este profesor resultara ser su propia definición de cronopio, en versión enseñante, y uno tuviera el honor de escucharlo hacia atrás y hacia adelante, subrayando sus frases y sus explicaciones?

 Esto es lo que ha echo posible la recopilación escrita de las clases que Cortázar impartió en Berkeley durante dos meses y que Carles Álvarez ha puesto en manos del lector de páginas habladas que como dice bien podría llevar por título "el profesor menos pedante del mundo".

  Y es que desde las primeras páginas se percibe esta complicidad con sus alumnos, que se prolonga después de cada clase con una vigorosa sesión de preguntas en las que van apareciendo joyas, como esta magistral definición de la novela como  "ese gran combate que libra el escritor consigo mismo porque hay en ella todo un mundo, todo un universo en que se debaten juegos capitales del destino humano".

  Son destacables sus reflexiones sobre el elemento fantástico y humorístico en el cuento. De una forma nada sistemática, presenta la irrupción de lo fantástico como el factor que vuelve precisamente más real la realidad, y el humor como el elemento desacralizador, que sirve para "echar hacia abajo una cierta importancia que algo puede tener, cierto prestigio, cierto pedestal"

  Cortázar nos abre en estas clases la puerta a adentrarnos en su 
propio proceso creativo, las facetas por la que pasó su escritura haciendo un poco de retrospectiva, cuando se inclinó más hacia la escfitura metafísica, la psicológica para finalmente optar por un tipo de literatura más comprometida. Aunque se distancia también del tono a veces pretencioso de dicho "género" citando de un cómico que dijo que "los escritores comprometidos harían mejor en casarse..."

   No se muerde los labios cuando tiene que hablar de buena y la mala literatura. Su descripción de los best seller no tiene desperdicio: "esos inmensos ladrillos que cierta gente compra en los aeropuertos para empezar las vacaciones y autohipnotizarse durante una semana con un libro que carece en absoluto de calidad literaria pero contiene todos los elementos que ese tipo de lector está esperando y que naturalmente encuentra."

  Dice de sí haber conservado siempre una capacidad lúdica muy grande y este es el tono que se desprende en estas sesiones. Carles Álvarez decía recientemente en una conferencia que hay algo en Cortázar que no siempre pasa con otros escritores, ni siquiera con los muy buenos, y es que cuando uno lee sus cuentos, le entran ganas de conocerlo personalmente. ¿Qué otro autor podía resultar tan entrañable como para que en pleno "corralito" se leyeran pintadas en los muros de Buenos Aires que decían "VOLVÉ, JULIO. ¿QUÉ TE CUESTA?"?

   De su relación con las palabras aparecen en estas clases matices brillantísimos: "si uno se descuida, el lenguaje es una de las jaulas más terribles que nos estan siempre esperando. En alguna 
medida podemos ser prisioneros de nuestros pensamientos por el hecho
 de que esos pensamientos se expresan limitados y contenidos sin ninguna libertad porque hay una sintaxis que los obliga a darse en esa forma y de alguna manera estamos heredando las mismas maneras de decirlo aunque cambiemos las fórmulas. "

  Haría falta la higiene mental de Oliveira su personaje de Rayuela que dice tomar cada palabra en la mano como si fuera un objeto y la mira por todos lados y la cepilla un poco para sacarle el polvo si es necesario y luego la usa si cree que la debe usar...

  En definitiva, Cortázar invita una vez más a salirnos  "de la vida de reloj pulsera y "merci monsieur, bonjour madame..." Para entrar en el pulso de sus entusiasmos y sus digresiones.

Nada más representativo de su estilo para terminar que una brevísima muestra del valor lírico de sus palabras e imágenes: 

TORTUGAS Y CRONOPIOS

    Ahora pasa que las tortugas son grandes admiradoras de la velocidad, como es natural. Las esperanzas lo saben, y no se preocupan. Los famas lo saben, y se burlan. Los cronopios lo saben, y cada vez que encuentran una tortuga, sacan la caja de tizas de colores y sobre la redonda pizarra de la tortuga dibujan una golondrina.


 Su literatura acaba siendo fiel al destino que el mismo promulga en su última clase, que es el de dar belleza, y también a su deber, que es el de mostrar la verdad en esa belleza.


Por Sílvia Ardévol

domingo, 14 de febrero de 2016





SÍSIFO


¡Qué ligereza, la roca!
Se desliza hacia arriba
como si fuera de viento.

Apenas pesa
cuando la arrastras,
cuando arrastrarla
es el único acto posible.

Es bello el trayecto,
subiendo o bajando,
si el ojo se afina y comprende.
(siempre más concentrada la subida
pero ligera la pisada en el descenso)

¿Qué pensamiento te ocupa, Sísifo?
¿En qué hervor te entestas
para decidir permanecer,
para decidir no rodar
como la piedra y con la piedra,
el cuerpo inerte ya, y duro,
desprovisto de dignidad
en el juego absurdo del despropósito?

Enséñame a vivir, Sísifo.
¿O es que quizás
se puede escuchar
el canto del ruiseñor
siendo ya negra la noche,
y solo por eso vale la pena
bajar y subir,
bajar y subir,
lleno de dolor exuberante
en una rica existencia
de monótonos y bellos sinsentidos?

Sísifo, feliz.
Creyendo en la belleza,
el absurdo se atraganta
cuando el ojo se abre,

y mira. 



Por Sílvia Ardevol


miércoles, 23 de diciembre de 2015




ANOCHE SOÑÉ QUE ME MORÍA




"Anoche soñé que me moría.

Y era una muerte ridícula,
nada memorable,
de las que se inscriben con tiza gastada
en los muros olvidados de la historia.

(Si al menos el muro
fuera frontera de alguna cosa,
si al menos quisiera decir: ¡alto!
o, ¡adelante!
Pero el muro era una pared de margen
de "aquí acaba el camino"
o "a partir de allá otra cosa")

Soñé que me moría,
o mejor dicho, que me mataba.
Y era tan ridículo, matarse,
morirse, sin haber sido nada...
una nada siquiera tan importante
para dejar de ser algo.

Soñé que moría,
y lloraba,
como las piedras lloran
cuando el río las frota de soslayo.
Lloraba de las cosquillas que me hacía
el tiempo detenido
sobre los párpados cesados.

(Era ligera la muerte.
Pesaba lo que la cáscara de un caracol,
o todavía menos:
lo que la sombra de una uña cortada)

Y yo soñé que me moría,
y, desde fuera del calendario,
(de las tareas, de los hábitos)
desde ese morirme tan casi decidido,
soñé que miraba a la muerte convalesciente
y le lanzaba una última, levísima, sonrisa."


Por Sílvia Ardevol



                                         

martes, 10 de noviembre de 2015





          Novela de Ajedrez, Stefan Zweig



   Zweig escribió esta novela corta poco antes de sucicidarse en Brasil en 1942. Saber alzar la voz contra un régimen que todavía estaba en el poder en ese momento y sin conocer el desenlace de la Segunda Guerra Mundial se podría considerar un acto temerario. Pero para Zweig todo había perdido sentido. Como ya habia explicado en "El Mundo de Ayer"(escrito también desde el exilio y sin más documentación que la propia memoria)  todo  el sueño europeo se había desvanecido irreevocablemente. Y en "Novela de ajedrez" Zweig utiliza la metáfora del juego para denunciar sin tapujos los mecanismos que habian precipitado esta decadencia, protagonizados especialmente por el régimen nazi. Hay quien a querido ver en la confrontación de los dos jugadores una imagen de las fuerzas contrapuestas en Europa: por un lado, Czentoviv, campeón mundial de  ajedrez arrogante, analfabeto y sin ningún tipo de escrúpulo, y por otro,  el señor B., representativo de una clase social e intelectual quien, pese a conseguir ganar una primera partida, enloquece después al intentar entrar de lleno en el juego. Y es que los medios creados por el sistema nazi para anular al individuo logran incluso vencer la cordura de los seres más pensantes, desarmados finalmente ante un adversario tan corrosivamente manipulador. Hay detrás del régimen una voluntad de aniquilación del ser, de eliminar su facultad de razonar con claridad. 

   Esta intención queda denunciada y expuesta en las páginas relativas al enclaustramiento de B., en los cuatro meses que pasa encerrado, sin hacerle absolutamente NADA, sin que ocurra absolutamente NADA.  "Es bien sabido que nada en el mundo puede oprimir tanto el corazón del hombre como la nada", nos dice Zweig en boca de este mismo personaje. El vacío más absoluto: estar encerrado en una habitación, herméticamente aislada del mundo exterior. Una mesa, sí, pero una mesa que no sirve para nada cuando no se permiten tener libros ni periódicos, ni papel ni lápiz. La nada absoluta alrededor del alma y del cuerpo, sin reloj para medir el tiempo. Los sentidos despojados de estímulos, con la única compañía del propio 
pensamiento. "Pero incluso los pensamientos, por muy etéreos que parezcan, requieren un punto de apoyo, pues de lo contrario giran y giran en torno a sí mismos, en un torbellino sin sentido; tampoco ellos soportan la nada."

   De esta Nada parecerá poder librarse el personaje al vislumbrar en una de sus esperas previas al interrogatorio algo parecido a un libro en el bolsillo de una chaqueta. Las piernas le flaquean ante la posibilidad de hacerse con algo que le permita huir de su aislamiento, "palabras alineadas, renglones, páginas y hojas (...) perseguir y capturar pensamientos nuevos, frescos, diferentes de los míos". Pero lo que podría haber sido su salvación cuando ya está a punto de capitular ante la Gestapo resulta ser su perdición. Se trata de un libro de ajedrez, y de la reproducción de partidas magistrales en la Nada de su habitación y a continuación de partidas contra sí mismo, adoptando la postura de las negras y las blancas a la vez, entrará en una vorágine que lo conducinará a su enajenación total. 

  Éste acaba siendo el gran logro de los nazis. Zweig no sabe entonces si su gran logro definitivo. El ascenso de los totalitarismos en los años 20 y 30 ya había ido desmembrando el tejido espiritual europeo, que recibía ahora su golpe de gracia con un sistema que buscaba aniquilar del todo las facultades mentales de sus ciudadanos. Para alguien como Zweig además, que no era un hombre político sino sólo un escritor, esta ruptura entre palabra y verdad, entre significantes y significados, representaba el desmoronamiento definitivo de todo en lo que había creído. 

   Estando ya en Petrópolis, poco antes de suicidarse junto con su mujer Lotte, se sabe que Zweig y ella curiosamente mataban el tiempo jugando al ajedrez. Aún tuvo tiempo de escribir esta demoledora novela corta y de dejar escrito su testamento, una nota breve que encontró la policía junto sus cuerpos muertos y abrazados:

"Antes de dejar la vida por mi propia voluntad y en pleno uso de mis facultades mentales, me urge cumplir con un último deber: agradecer 
de todo corazón a este maravilloso país que es Brasil que nos haya ofrecido a mí y a mi trabajo una tregua tan bondadosa y hospitalaria. He aprendido a querer a este país más cada día y en ningún otro lugar me hubiese gustado más reconstruir de nuevo mi vida, una vez que el mundo de mi propia lengua se ha hundido para mí, y Europa, mi patria espiritual, se ha destruido a sí misma.

Pero una vez cumplidos los sesenta años haría falta una fuerza especial para empezar otra vez de nuevo. Y las mías están agotadas por los largos años de peregrinar sin patria. Por eso me parece mejor concluir a tiempo y con ánimo sereno una vida para la que el trabajo espiritual siempre fue la alegría más pura y la libertad personal el mayor bien sobre la tierra.

Saludo a mis amigos. ¡Ojalá puedan aún ver el amanecer! Yo, 
demasiado impaciente, me adelanto a ellos."


22 de febrero de 1942

Por Sílvia Ardevol

miércoles, 21 de octubre de 2015




        Yo, otro. Crónica del cambio

               Imre Kertész

  
  Parecería un diario, pero no lo es. Más bien se trata de un mosaico donde el autor recoje sus impresiones  mientras recorre distintos escenarios centroeuropeos y en los que el denominador común es la mirada de un apátrida desengañado con lo que a los colectivos se refiere, que detiene la mirada en el individuo que tiene enfrente, pero que asume que "todo entender es un malentendido". En estas arenas movedizas se mueven siempre las afirmaciones de Kertesz, hasta con sus propias percepciones: " Aquellas mañanas vienesas irrecuperables, irrepetibles, ¿las disfruto lo suficiente? ¿No soy tal vez demasiado estúpido para ser feliz?"

  Esta sinceridad proyectada también hacia lo que seria su vida ideal, teñida hasta el último rincón de desprendimiento: "Creo que siempre he querido vivir así: en un agradable piso alquilado (que no sea mío), entre muebles acogedores (que no sean míos), sin un hogar, con independencia, haciendo lo que me toca (en este caso traducir a Wittgenstein), en el extranjero, en un lugar donde me acompañan recuerdos de hechos que imagino, pero que tal vez nunca existieron..." 

  Parecería que después de haber estado en Auschwitz uno hubiera de construir su identidad invariablemente sobre ese suceso. Pero el "yo" es un proceso en contrucción marcado por tantos otros acontecimientos. "Todos preguntan sobre Auschwitz", dice, "y eso que debería hablarles de las vulgares alegrías de la escritura... comparado con ellas, Auschwitz es una extraña e inabordable trascendencia." La vida se presenta entonces como la novela de formación de la que uno es protagonista. 

  Y la felicidad una dicha para la que hace falta un talento especial. Kertesz gusta de citar a Camus, para quien la felicidad era una obligación. Pero Kertesz añade, de forma muy significativa: "¿ante quién estamos obligados, ante nosotros mismos, ante nuestros prójimos, ante Dios tal vez?"

  Estas notas reflejan no obstante, que su gran batalla campal es contra la ligereza. La enemiga verdadera de esta felicididad 
obligatoria, aunque no sepamos ante quién ni ante qué. Por eso puede definir la felicidad -la suya- de una manera tan hermosa: "la ligereza de llevar una carga (...) cuando el hecho asombroso de la existencia se filtra por un fugaz instante a través de las imágenes de la vida y el color verdadero colorea los colores."

  Su visión de la muerte también es trágica pero no en el sentido habitual. Su parte más dolorosa viene al tomar conciencia el moribundo que durante cuatro, cinco, seis, siete, hasta ocho décadas se ha estado engañando. La perplejidad invencible de esta lucidez, y que al darse uno cuenta de que su vida haya sido un error no pueda siquiera considerar la muerte como una rectificación digna de ese error. 

  De ahí su consideración de postular vivir así, de manera intempestiva y trágica, como si solo dispusieramos de "lánguidas vidas de larva"(...)  a las que solo les ha sido concedido  "un único y breve verano entre dos vidas"

Por Sílvia Ardévol

sábado, 10 de octubre de 2015




EL  CUARTO, Mark Strand

Es la historia de siempre, la manera en que ocurre
a veces en invierno, a veces no.
Quien la escucha se ha dormido,
las puertas del armario de su infelicidad se abren

y entra en su cuarto la desgracia-
muerte al amanecer, muerte al anochecer,
sus alas de madera agitan el aire,
sus sombras, la leche derramada que llora sobre el mundo.

Hay necesidad de finales sorprendentes;
el verde prado donde las vacas arden como papel impreso,
donde el granjero se sienta y mira,
donde nada, cuando ocurre, es demasiado terrible.
«Donde quiera que esté soy aquello que falta».




(The Room by Mark Strand

It is an old story, the way it happens
sometimes in winter, sometimes not.
The listener falls to sleep,
the doors to the closets of his unhappiness open

and into his room the misfortunes come --
death by daybreak, death by nightfall,
their wooden wings bruising the air,
their shadows the spilled milk the world cries over.

There is a need for surprise endings;
the green field where cows burn like newsprint,
where the farmer sits and stares,
where nothing, when it happens, is never terrible enough.)